Adentrándonos en la diferencia público/estatal en el trabajo social (I)

[Esta reflexión tiene una segunda parte que se puede encontrar AQUÍ]

Imagen de portada estaba por google, no es mía.

¿Se puede entender el trabajo social como algo independiente del Estado? ¿Se puede separar el trabajo social de las directrices que le marque un sistema estatal a pesar de depender en última instancia de este al nacer en un contexto y realidad determinados? Son preguntas que a raíz de ciertos contenidos dados en relación a la ética del trabajo social me vengo replanteando. Voy a intentar plasmar aquí algunas reflexiones.

Hasta cierto punto separar el trabajo social del estado nos llevaría a una vuelta a los orígenes del trabajo social que se caracterizaba por una planteamiento caritativo del mismo, como bien mantiene Damián Salcedo en su artículo La evolución de los principios del trabajo social. Ahora – y siempre aceptando que hablo desde la inexperiencia del trabajo de campo, el trabajo directo y sólo desde mi posición de estudiante, nunca lo olvidemos –, parece que nos hemos vuelto protagonistas estatales en lo que a mantenimiento del orden se refiere. Y sí, hablo del orden porque tenemos que seguir unas pautas de lo que es el bienestar social que nos vienen definidas por unas instituciones que bajo ningún concepto son neutrales. Y sí, hablo del orden cuando tenemos un concepto cerrado de rehabilitación social o de reinserción, teniendo en mente conceptos sobre lo correcto e incorrecto que rara vez ponemos en entredicho. No quiero todavía manejar conceptos maniqueístas de mejor o peor, o al menos, no por ahora, ya que mi primera intención es hablar de hechos, de realidades. Cuando nuestro trabajo es limitado a niveles a veces incluso ridículos, cuando nuestros caminos a seguir no son establecidos por determinadxs profesionales y sí por lxs políticos de turno, cuando nos limitamos a ejercer una profesión cumpliendo ciertos estándares y ni se nos ocurre ir más allá no estamos ejerciendo una profesión, estamos ejerciendo un simple trabajo guiado por un jefe, el Estado, la institución.

Hemos llegado entonces a dos conclusiones: el estado no es neutral y el bienestar es definido. Ahora sí, ¿está esto bien? ¿hay alguna forma mejor? ¿qué posición debe ocupar la trabajadora social?

Son preguntas muy complicadas que se han venido trabajando a lo largo de los años. En una entrada de blog como esta desde luego no se va a llegar a ninguna conclusión, simplemente es una postura como cualquier otra.

A mi juicio, esta posición de intermediario entre usuario y trabajadora social es más que peligrosa ya que lo que vamos a buscar al final no es realmente una solución a los problemas de las usuarias que nos lleguen, sino que vamos a conformar el parche que permita que el Estado se mantenga como el bueno, el necesario y el salvador por excelencia. Creo que se puede establecer cierta analogía con el tema de la educación: la educación es necesaria y nadie se atrevería a negar lo contrario pero parece que al institucionalizarla como hasta ahora se ha hecho se ha limitado de una forma aberrante, estando el profesorado cerrado a un programa anual cada vez más burocrático e inservible, un sistema donde el alumnado deja de ser el protagonista, donde la forma autodidacta de aprendizaje ni siquiera existe y donde los exámenes son la única forma aceptada de evaluación. Junto con esto, una burocracia que sólo sirve para obstaculizar la labor de las personas que quieren ir más allá, haciéndolo imposible. Parece lógico entonces que haya una queja constante sobre este tema, reivindicaciones y una lucha que desde luego quiere cambiar una realidad.

Aunque claro, siempre puede ser que tengamos que detenernos en análisis como el de Ferrer i Guardia, fundador de la escuela moderna libertaria, quien decía algo así como que si los intereses están presentes en la educación, se va a establecer una determinada educación:

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Portada del libro de Ferrer Guardia

No tenemos que decirlo: queremos hombres capaces de evolucionar incesantemente; capaces de destruir, de renovar constantemente los medios y de renovarse ellos mismos; hombres cuya independencia intelectual sea la fuerza suprema, que no se sujeten jamás a nada; dispuestos siempre a aceptar lo mejor, dichosos por el triunfo de las ideas nuevas y que aspiren a vivir vidas múltiples en una sola vida. La sociedad teme tales hombres: no puede, pues, esperarse que quiera jamás una educación capaz de producirlos.

Ferrer i Guardia, La escuela moderna.

Pero como he dicho nadie en su sano juicio pondría en entredicho la importancia de la educación en sí. Con el trabajo social pasa igual. Pareciera entonces que hay una diferencia abismal entre lo estatal y lo público, entre lo que busca los intereses de una institución y lo que busca los intereses de las personas que buscan unos servicios. El problema es que se ha jugado demasiado con los términos. Aviso de que no quiero entrar en un análisis tampoco – a pesar de utilizar textos anarquistas – que analice la realidad como opresorxs/oprimidos, creo que Foucault tenía mucha razón cuando decía aquello de que el poder se reparte de muy diferentes modos, siendo la jerarquía simplemente uno de ellos y eso quiere decir que el poder ya no puede entenderse como un elemento que se encuentre en manos de unos pocos o de una simple institución, sino que se reproduce de muchísimas formas como la familia, el sexo, los discursos… y ya en la posición de la persona que ejerce el trabajo social se va a establecer un poder innegable que está configurado tanto por su posición como por sus prácticas. ¿Entonces qué estoy haciendo aquí? ¿Critico al poder o critico al Estado? El poder es indiscutible y es inherente a las relaciones, es el tipo de poder o cómo se utilice el que importa. El Estado, como ente y como realidad gubernamental, lo ejerce y establece una sóla forma de poder asumible. Podemos preguntarnos después de lo dicho si el problema es entonces el Estado o el tipo de Estado. No quiero entrar en esta discusión, dejemos esa dicotomía histórica entre anarquistas/comunistas.

Pero, llegando al hilo de la cuestión, si el Estado ejerce un poder, cuestión de la que dudo haya posturas encontradas, ¿es un poder moralmente correcto? Y si no lo es, ¿estando el trabajo social en él no está ejerciendo algo con unas fundamentaciones equivocadas? Y entonces, ¿no sería correcto cuestionarse nuestra propia conexión con el estado de forma directa y seria? Y no quiero entrar en una discusión sobre si lo privado es una opción, la cual rechazo de forma directa a día de hoy. Escribiré sobre ese tema cuando publique la siguiente entrada en relación con esta.

No quiero alargar esto más, simplemente como primer paso para entrar en la temática. Escribiré sobre el asunto más adelante. Simplemente lanzar mi posición todavía sin fundamento: soy optimista. Y ahora si, después de esto, las conclusiones reales que hemos sacado de este batiburrillo reflexivo:

  1. Hay una diferencia abismal entre lo público y lo estatal aunque se juegue con los términos causando que la mayoría de las veces la diferencia parezca que no exista.
  2. El trabajo social se encuentra en lo estatal.
  3. Lo estatal ejerce un poder, entre ellos el jerárquico del que tenemos que cuidarnos dentro del trabajo social.
  4. Hace falta una discusión seria sobre el tema.
  5. Lo privado, a mi juicio, no es una opción viable cuando hablamos de alternativas.

 

[Esta reflexión tiene una segunda parte que se puede encontrar AQUÍ]

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