Papel mojado

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Después de un tiempo vuelvo para presentar la fotografía con la que he ganado el I Concurso de Fotografía de la Facultad de Trabajo Social en la Universidad, que no sólo es el primer concurso oficial de la facultad, sino la primera vez que yo gano algo. Para prueba de esto mi incapacidad para reaccionar en el acto oficial de la entrega del premio donde no saludé a todes a quienes debía. Ups. Mil perdones, ha sido total torpeza.

Antes de explicar la imagen me gustaría decir que una de las cosas que creo más importantes del concurso es que ha permitido que conozca a gente de otros cursos y se rompa un poco con el atomismo academicista en el que prácticamente no hay contacto con gente más allá de tu aula. Y más en momentos dónde no hay casi movilización porque cuando las hay las asambleas son maravillosas. [Mensaje subliminal para ver si se recuperan…]

El tema de la foto eran los Derechos Humanos. La imagen tenía que ir acompañada de un texto. Además, había que presentarla. Aquí tenéis un batiburrillo de las dos cosas (aunque como no podía ser de otra manera se me ha perdido el papel donde tenía mi chuleta de la presentación, pero bueno, haremos uso de la memoria):

Cuando hablamos de una fotografía podemos explicar su parte más material y visible y podemos mencionar su parte más abstracta, simbólica e interpretativa. Evidentemente en lo primero podemos afirmar que desgraciadamente los Derechos Humanos se incumplen continuamente. Son demasiadas las noticias que nos llegan desde todas las partes del mundo al respecto: guerras, refugiades (1) sin refugio, torturas, personas presas de forma deplorable, niñes sin educación, trabajo infantil, agresiones, violencia de género, personas sin hogar, desahucios… y la lista sigue, y sigue, y sigue. La conclusión no puede ser otra: los Derechos Humanos se han convertido en papel mojado. Y quizá es la conclusión más evidente de la foto.

Respecto a la parte simbólica, que va más allá de lo «evidente»:

La fotografía pretende simbolizar la capacidad que tenemos de resolver problemas. Intenta transmitir cierto empoderamiento desde la cotidianidad, huyendo de las representaciones victimistas que en muchos casos suelen aparecer al hablar de los Derechos Humanos.

De alguna manera he querido tener en cuenta los cuidados, considerándolos una parte fundamental del cambio que queda por hacer en nuestras sociedades, rompiendo con la línea general patriarcal del conflicto. Ya lo dice la feminista Joan Tronto, cuando hablamos de la ética del cuidado, estamos planteando y plantando ideas revolucionarias. [Aquí os dejo la entrevista que apareció en el diario.es]

En la imagen aparece sólo un individuo. La idea no es otra que intentar fundamentar que la colectividad que defienden los Derechos Humanos está configurada por personas individuales que tienen un papel fundamental: crear la tensión suficiente para que estos sean respetados. Me explico. El problema de los derechos es que están embutidos en una especie de esfera de seguridad individual. La dinámica a grandes rasgos funcionaría de la siguiente manera, «yo, que ya tengo este derecho en papel, me relajo lo suficiente para despreocuparme». Síntoma de un individualismo atroz de un capitalismo y un neoliberalismo más salvaje, que no es sino una de las causas más importantes de esta enfermedad. Y se hace sobre todo visible cuando hablamos de derechos colectivos, como lo son los que pretenden defender los Derechos Humanos, que además traspasan fronteras y naciones. ¿Cómo una tarea tan abismal puede ser mantenida sin una conciencia de trabajo colectiva?

Aun así la fotografía no pretende hacerlo todo, ya que detrás de un tenderete hay un gran trabajo: queda planchar, doblar, guardar en el armario y volver a utilizar para entrar de nuevo en otra serie de acciones que generan un bucle: ensuciarlo, echarlo a lavar, meterlo en la lavadora, echar el detergente y el suavizante…, con los Derechos Humanos hemos eliminado el bucle para centrarnos en que ya existen. A mi juicio hay que romper con esto. Y el trabajo social se convierte aquí en uno de los protagonistas.

Aparte de las individualidades que ya he mencionado, el trabajo social tiene la capacidad de ser una fuerza dinamizadora de ese círculo de acción que entiendo, tienen que configurar los valores que se incluyen en la declaración de 1948. Y esa fuerza deja de ser un parche ya que como fuerza es incontenible en un espacio y un lugar determinado y sólo puede expandirse, por lo que siguiendo la metáfora, rompe con el asistencialismo y la gestión de recursos que ha rodeado al trabajo social en algunos momentos de su existencia y que incluso actualmente, por más que nos pueda doler, sigue presente en ciertas prácticas y discursos. El reto está en que para crear olas es necesario tirar más de una piedra, hace falta viento, corrientes e incluso terremotos en medio del mar.

Aclarando esto, lo que quiero decir es que hay que distinguir dos niveles de actuación:

  • La parte individual, incontrolable, inmanejable y capaz de impulsar ese principio de fuerza. Ésta se difuminaría entre las redes de individues o acabaría teniendo un efecto que puede ser tanto positivo como negativo. Muy postestructuralista todo, lo sé.
  • La parte colectiva y dónde entraría el trabajo social: consistiría en una forma en las que redireccionar la fuerza en ese bucle necesario de trabajo al que ya he hecho referencia para que vaya a buen puerto, ya que sino se dejaría en manos de la arbitrariedad. Aclaro que no hay sólo una forma de hacer esto y que el trabajo social es solo una herramienta.

Retomando el hilo argumentativo. Por suerte el trabajo social cada día se hace más integral, teniendo en cuenta todas las perspectivas y modelos dejando de centrarse en sólo una de las dimensiones que engloban lo social. Es decir, está consiguiendo lanzar más de un golpe a ese mar que se encuentra demasiado en calma para erosionar la roca que le oprime y le pone límites. Pero queda mucho por hacer, y lo demuestra que a día de hoy tengamos que seguir reivindicando uno de los marcos más esenciales del trabajo social: los Derechos Humanos.

(1) Entregué la parte escrita utilizando el neutro tal y cómo viene aquí. Me parece fundamental que vayamos naturalizándolo. Quiero reconocer que me lo planteé y quiero decir abiertamente que el hecho de no encontrar seguridad al hacerlo es un tipo de violencia institucional. Pero bueno, poco a poco. Aquí os dejo una reflexión sobre el tema que recomiendo leer, por si no queda claro.

Por cierto, el premio del concurso es dinero para libros. Ya he decidido tres que van a caer seguro. Lo comento porque sé que hay gente a la que le puede interesar:

  • La cárcel del feminismo. Hacia un feminismo islámico decolonial de Sirin Adlbin Sibai.
  • Pedagogía del oprimido de Paulo Freire. [Lleva pendiente años ya].
  • La utopía de las normas de David Graeber.

Estaba pensando en algún clásico del trabajo social, alguna obra de Jane Addams o Mary Richmond, pero todavía no lo tengo claro. Pero bueno, ya os hablaré de mis lecturas así que tiempo al tiempo para enterarse.

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